Es fascinante lo que hace Andrzej Munk con el cuerpo de Aleksandra Slaska en Pasazerka.
En cada toma se nota su obsesión por colocarla casi siempre al margen derecho, dejando en el contracampo el centro de exterminio, casi como si aquel infierno fuese una extensión de la anatomía de la protagonista.
Pero esto no sería nada nuevo, lo realmente deslumbrante de Andrzej, pero más que nada, de Aleksandra Slaska, es la forma en que su rostro pende de un hilo entre la dureza marmórea de la más desquiciada sociedad disciplinaria y ciertos arrebatos/espasmos de humanidad que le crecen entre los ojos y la comisura de los labios, como si aquello fuera un yuyo, una enredadera que hay que aplastar.
Pasazerka, Andrzej Munk (1963)






